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Entrenamiento · 21 de octubre de 2026

No esperes a tener ganas: la motivación es un mal combustible

Llega el otoño, anochece pronto y las ganas de entrenar se esconden. Esperar a que vuelvan es la forma más segura de perder la temporada. Por qué la motivación falla justo cuando más la necesitas y qué la sustituye.

Son las siete de la tarde de un martes de octubre. Ha anochecido, llueve, has tenido un día largo y el rodillo te mira desde la esquina. Tienes un entrenamiento en el plan, pero no tienes ganas. Ninguna. Y piensas lo que hemos pensado todos alguna vez: «Hoy no estoy motivado. Mañana, con más ganas, lo hago mejor».

Mañana tampoco tendrás ganas. Y pasado, menos.

El mito de la motivación

Nos han vendido que los deportistas constantes son gente que siempre está motivada. Gente con una llama interior que nunca se apaga, que salta de la cama con ganas de sufrir. Y como nosotros no nos sentimos así, concluimos que nos falta algo.

No te falta nada. La motivación es una emoción, y las emociones van y vienen. Sube cuando empieza la temporada, cuando te compras una bici nueva o cuando te apuntas a una marcha. Y baja, inevitablemente, cuando llega el frío, cuando el trabajo aprieta o cuando los resultados tardan en llegar. Si tu entrenamiento depende de cómo te sientas cada día, dependerá del tiempo, del jefe y de lo que hayas dormido.

La motivación es un buen encendedor, pero un pésimo combustible. Sirve para arrancar. No sirve para llegar.

Lo que hacen los constantes

Los ciclistas que entrenan todo el año no tienen más ganas que tú. Tienen menos decisiones que tomar. No se preguntan cada tarde «¿me apetece?». La pregunta ya está contestada antes de que llegue la tarde.

Tres cosas que marcan la diferencia:

  1. Decidir antes, no en el momento. El entrenamiento del miércoles se decide el domingo, cuando estás descansado y tranquilo. El miércoles a las 18:55 solo hay que ejecutar. Discutir con uno mismo a esa hora es una batalla que casi siempre gana el sofá.
  2. Bajar la barrera de entrada. No te comprometas a hacer el entrenamiento entero: comprométete a subirte a la bici y pedalear diez minutos. Casi siempre, una vez que estás encima, el resto sale solo. Y si no sale, diez minutos son mejor que cero.
  3. No entrenar solo. Cuando a la misma hora hay más gente conectada esperándote, la pregunta «¿me apetece?» pierde fuerza. Nadie quiere ser el que falta. Ese es, en buena parte, el secreto de entrenar en grupo: el compromiso con los demás tira de ti los días en que tu propia motivación no da para más. Es el Factor Gure.

Las ganas vienen después

Hay algo que casi todo el mundo ha comprobado y casi nadie recuerda en el momento: las ganas suelen llegar a mitad del entrenamiento, no antes. Empiezas a regañadientes y, a los veinte minutos, el cuerpo se calienta, la cabeza se despeja y terminas mejor de lo que empezaste. Al revés casi nunca pasa: nadie se arrepiente de haber entrenado.

Así que la próxima vez que estés delante del rodillo sin ganas, no esperes a tenerlas. Súbete. Las ganas ya llegarán. Y si no llegan, habrás hecho algo más valioso que un buen entrenamiento: habrás demostrado que no las necesitas.

“No es que no nos atrevamos porque las cosas sean difíciles; son difíciles porque no nos atrevemos.” — Séneca, «Cartas a Lucilio»

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