Gure UltraEntrenamiento grupal guiadoÚnete a la Guremanía

Pelotón · 9 de octubre de 2026

¿De verdad es Pogacar mejor que Merckx? Capítulo 5: El veredicto

Uno entrenaba acumulando fatiga sin freno; el otro, con precisión de laboratorio. Cerramos la serie con cómo se construyeron los dos motores, todos los datos juntos y la respuesta: ¿de verdad es Pogacar mejor que Merckx?

¿De verdad es Pogacar mejor que Merckx? Un estudio científico en cinco capítulos sobre las capacidades fisiológicas de los dos, y una respuesta basada en datos. Capítulo 5 de 5 · El veredicto: la respuesta con datos

Último capítulo. Antes de contestar nos falta la pieza que lo moldea todo: cómo entrenaba cada uno. Luego ponemos todos los datos sobre la mesa y respondemos.

Grandes Kilometradas contra Zona 2

Lo que un profesional acaba siendo depende en buena parte de cómo entrena. Y el choque entre el entrenamiento empírico de acumulación crónica de los setenta y el control milimétrico y polarizado del siglo XXI decide cuánta potencia fresca tiene un corredor cuando llega la hora de la verdad.

Merckx: volumen y fatiga crónica

Mirado con ojos de hoy, el año de Merckx parece un billete directo al síndrome de sobreentrenamiento. En su mejor momento llegó a encadenar hasta 195 días de competición oficial en un solo año. Sí, 195. Un disparate. Sus biografías hablan de más de 32.000 kilómetros anuales en carrera.

La mentalidad de aquella época precientífica era la de las «Grandes Millas», las Big Miles: la resistencia cardiovascular y la costumbre de sufrir solo se forjan con fatiga profunda y sin interrupciones. Salidas diarias asfixiantes; en invierno, decenas de kilómetros con desarrollos tortuosos como el 42x16 para endurecer el músculo y estimular a ciegas la capilarización. Tiradas tras moto para sobreestimular la agilidad neuromuscular. Y en los meses sin carretera, las carreras de Seis Días en pista, pensadas sobre todo para no coger grasa, a costa de no dejar descansar nunca al organismo.

Ese castigo sin fin daba una dureza general —lo que hoy llamamos durabilidad— formidable, pero atrofiaba los extremos de la curva de potencia. Vivir casi siempre en zonas de tempo, submáximas, sin descanso entre bloques, dejaba a los corredores en una fatiga metabólica, hormonal y parasimpática crónica. Un agotamiento silencioso que les impedía sacar sus verdaderos picos aeróbicos —el W/kg máximo sin fatiga encima— porque vivían atrapados en una meseta permanente.

Pogacar: polarización y Zona 2

Pogacar funciona de otra manera: planificación biomédica al milímetro, nada de intuición. Su calendario está filtrado para concentrar el pico de forma, y rara vez pasa de 50 o 55 días de competición en carretera al año. En lugar de abrazar la fatiga crónica de su predecesor, se apoya en la periodización polarizada, el famoso 80/20 que han estudiado fisiólogos como Stephen Seiler y el español Íñigo San Millán.

Alrededor del 80 % de todo su volumen anual va dentro de la Zona 2. Esa base aeróbica desarrolla una capilarización enorme, multiplica las mitocondrias y maximiza la oxidación de grasas, mientras protege el glucógeno y le ahorra al sistema endocrino cualquier estrés oxidativo serio. Y aquí viene el dato que da vértigo: el techo de la Zona 2 de Pogacar —su ritmo de paseo, por decirlo así— está entre 320 y 340 vatios constantes. Con ese nivel de aclaramiento de lactato puede ir escondido y cómodo dentro del pelotón, con las reservas intactas, mientras los demás se van consumiendo poco a poco con una deuda de oxígeno sorda y crónica.

El 20 % restante es intensidad concentrada y letal. En sus concentraciones en altitud —Sierra Nevada, o Isola 2000 en los prealpes del sur de Francia— hace series muy precisas:

  • «Tempo Criss-Cross», por ejemplo 3x18 minutos cruzando por encima y por debajo del umbral funcional —el FTP— para imitar el ritmo caótico de una carrera;
  • intervalos de VO2 máx, los clásicos 4x3 minutos por encima del 110 % del umbral, con recuperaciones estrictas;
  • y esprints cortos de 10 a 15 segundos, repetidos, para afinar la activación neuromuscular y reforzar su tremendo pico de torque.

Esa alternancia entre mucho volumen suave —que recupera y construye— y sesiones puntuales en zona roja lo mantiene lejos del estancamiento del sobreentrenamiento silencioso. Por eso, cuando Pogacar se presenta a la salida de una gran vuelta, no llega con el músculo agotado de las décadas anteriores: llega fresco. Y esa frescura es la que le permite desplegar los récords que estamos viendo.

Los datos, uno al lado del otro

Cuatro capítulos de números caben en una tabla:

Eddy Merckx Tadej Pogacar
Peso de competición 74 kg 66 kg
W/kg sostenidos en subida 6,0 – 6,3 6,5 – 7,0
Potencia aeróbica máxima sostenida ~450 W ~460 W
Cadencia en las subidas largas 60 rpm o menos 90 – 95 rpm
Torque por pedalada 71,62 N·m 48,81 N·m
Fuerza tangencial en el pedal 415 N 283 N
Compresión en la rodilla ~29 % más que a 90 rpm referencia moderna
Carbohidratos durante la carrera comida sólida, absorción lenta hasta 120 g/h + lactato
Días de competición al año hasta 195 50 – 55
Modelo de entrenamiento Grandes Millas, fatiga crónica polarizado 80/20, Zona 2

Tabla 3. Resumen de la serie. Cifras estimadas a partir de los capítulos 1 a 4.

Fíjate en la tercera fila. Es la que manda. Los 10 vatios que separan a uno de otro son alrededor de un 2 %: dentro del margen de error de cualquier estimación retrospectiva. Todo lo demás —los W/kg, el torque, la fuerza, la rodilla, el depósito, el calendario— no mide el motor. Mide el peso, la bici, la comida y el método.

El veredicto

Volvamos a la pregunta del primer día: ¿de verdad es Pogacar mejor que Merckx? Cruzando biomecánica, fisiología del esfuerzo e historia bien leída, la respuesta sale sin pasión: los dos son auténticas rarezas biológicas, esculpidas para dominar exactamente lo que su época les pedía.

Merckx fue una anomalía biológica y biomecánica de primer orden. Las cuentas lo dejan claro: sostener cerca de 450 vatios en subidas largas con los desarrollos de su época le obligaba a superar, en cada vuelta, la barrera de 71 N·m de torque a menos de 60 rpm. Su articulación patelofemoral y su cartílago no solo aguantaron un 29 % más de estrés mecánico que con el estilo moderno: además, sus músculos tiraron sin descanso de unas fibras tipo II ineficientes, con una nutrición que hoy nos parecería infrahumana, y compitiendo cerca de 200 días al año. Todo eso junto dice que su motor homeostático y su resiliencia neuromuscular están, probablemente, en un nivel que los manuales todavía no han alcanzado. Y no es aventurado deducir que, con un cuadro monocasco de carbono en el límite legal de 6,8 kilos, el ahorro del tubeless —hasta 5 vatios de rodadura libres— y un flujo continuo de 120 gramos de glucosa y lactato por hora, sus 6,0 W/kg habrían subido hasta superar la cima que hoy define la élite de este siglo.

Pogacar es lo mismo visto desde el otro lado: la expresión más brillante de lo que hoy sabemos sobre biomecánica, nutrición y neurología aplicadas al rendimiento. Sostener 460 vatios aeróbicos en rampas infernales, rozando los 7,0 W/kg, es histórico no solo por la cantidad de energía, sino por lo eficiente que es su pedaleo. Con solo 48 N·m sobre su esqueleto, reparte el estrés de las articulaciones y le pasa la factura a un motor cardiovascular que aguanta sin pestañear 90-95 rpm. Esa cadencia que protege el músculo, alimentada en tiempo real con carbohidratos de doble vía y con lactato —casi como llevar un gotero puesto—, le permite responder a ataques de más de 6,85 W/kg de rivales como Jonas Vingegaard.

Visto como pura ingeniería del cuerpo humano, el potencial genético y aeróbico de Pogacar no tiene nada que envidiar al del Caníbal. La diferencia está entera en la mecánica y en la tecnología con la que cada uno aplicó esa fuerza. Merckx se forjó como un coloso primitivo e instintivo, obligado a domar un torque inmanejable y a convivir con el sufrimiento crónico: un atleta hecho a base de batallas agotadoras contra piñones que no ayudaban. Pogacar es justo lo contrario: el bisturí científico de nuestra década, construido en campamentos de altitud, guiado al milímetro por la zonificación polarizada y con el fuelle inagotable de la hiperalimentación.

Así que, si pudiéramos borrar un rato la distancia tecnológica y ponerlos cara a cara en igualdad mecánica, los umbrales fisiológicos de Pogacar y de Merckx acabarían encontrándose. Justo en el límite de lo que un ser humano puede sacar de su cuerpo encima de una bici.

La respuesta

¿De verdad es Pogacar mejor que Merckx?

Con los datos en la mano: no. Tampoco peor. Es igual de bueno.

Pogacar es más rápido, eso nadie lo discute. Pero es más rápido porque pesa ocho kilos menos, porque sube a 90 rpm en lugar de a 60, porque come 120 gramos de carbohidratos por hora y porque llega fresco a las carreras. Por debajo de todo eso, el motor —lo que de verdad define a un ciclista— es prácticamente el mismo: unos 450 vatios contra unos 460, pero uno lo hacía a base de coraje y el otro lo hace a base de cabeza.

La diferencia no está en los genes. Está en la época.


Y una última cosa, ya que estamos: la próxima vez que subas un puerto atrancado, a 60 rpm, acuérdate de la tabla del miércoles. Merckx no tenía otra opción. Tú sí.

¿De verdad es Pogacar mejor que Merckx? · Los cinco capítulos:

  1. El motor del Caníbal
  2. La era de los siete vatios
  3. 71 newton-metro por pedalada
  4. Rodillas de hierro y el depósito lleno
  5. El veredicto: la respuesta con datos ← estás aquí

Boletín Gure

Una lectura con el café

Cada mañana, un texto breve para el ciclista que se toma la bici en serio y a sí mismo bastante menos. Sin spam: solo lo bueno.

Un correo al día y te puedes borrar de un clic.