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Entrenamiento · 28 de septiembre de 2026

La mentira del magnesio, el plátano y los calambres

Llevas décadas comiendo plátanos en las rutas para evitar los calambres, pero la ciencia ha demostrado que el potasio no es el culpable. Descubre por qué se te bloquean las piernas.

Kilómetro 90 de la salida. Llevas tres horas pedaleando a un ritmo un poco más alto del que acostumbras, animado por el ambiente y el grupo. Empieza el último puerto del día. Te pones de pie sobre los pedales y, de repente, lo sientes. Un latigazo eléctrico en el vasto interno de tu cuádriceps derecho. Te sientas de golpe. El músculo se bloquea, se convierte en una piedra debajo de la piel y el dolor es tan agudo que tienes que echar pie a tierra. Calambre.

Inmediatamente, tu compañero de grupeta saca la receta mágica heredada de generaciones pasadas: te ofrece medio plátano o una barrita mágica anticalambres y te dice que bebas más agua, que estás deshidratado y te falta potasio y magnesio.

Te comes el plátano, bebes un bidón entero de agua con sales, esperas diez minutos y vuelves a apretar. Y a los dos kilómetros, pam, el gemelo se bloquea otra vez. No funciona. ¿Por qué? Porque la teoría de la deshidratación y los electrolitos como causa de los calambres es uno de los mayores mitos de la fisiología deportiva.

Durante 40 años nos vendieron la idea de que los calambres ocurrían porque perdías sodio y potasio por el sudor. Pero el Dr. Martin Schwellnus y la ciencia fisiológica moderna demostraron que esto es falso. Si los calambres fueran causados por una deshidratación sistémica (una falta de electrolitos en toda tu sangre), los calambres aparecerían en todos tus músculos a la vez. Se te acalambrarían los brazos, el cuello o el abdomen. Sin embargo, misteriosamente, solo se te acalambra el cuádriceps, el isquiotibial o el gemelo; exactamente los músculos que llevan tres horas haciendo un esfuerzo brutal.

La verdadera causa de los calambres no está en tu estómago ni en tu bidón de sales. Está en tus conexiones nerviosas. Se llama Fatiga Neuromuscular Alterada. Para que tú pedalees, tu cerebro envía señales eléctricas a tus músculos para que se contraigan y luego se relajen. Este proceso está controlado por unos sensores diminutos (el Órgano Tendinoso de Golgi). Cuando le pides a un músculo que trabaje a una intensidad, o durante un tiempo, para el cual no está entrenado, ese músculo llega a un agotamiento total.

Cuando la fatiga es extrema, los sensores se vuelven locos y provocan un cortocircuito. Envían una señal constante de contracción y anulan la señal de relajación. El músculo se queda “encendido” al cien por cien. El calambre es un colapso eléctrico por fatiga mecánica pura y dura.

¿Te dieron calambres porque no te tomaste el plátano? No. Te dieron calambres porque fuiste a 220 vatios en el primer puerto cuando tu estado de forma actual solo da para sostener 180 vatios sin romperte. Le exigiste a tus fibras musculares un trabajo que no tenían asimilado.

La nutrición y la hidratación te ayudan a retrasar la fatiga general y son vitales, por supuesto. Pero ninguna pastilla de magnesio te va a salvar de un calambre si ruedas por encima de tus posibilidades reales. La única cura real para los calambres es doble: entrenar más y mejor para el músculo para que soporte esa carga específica y, el día de la marcha, tener la humildad táctica de gestionar el ritmo con inteligencia desde el kilómetro cero.

“No hay atajos hacia los lugares que realmente valen la pena.” — Beverly Sills

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